De dantesco hay quien calificó el proceso del maquillaje aplicado a Leonardo DiCaprio en J. Edgar (2011), la última película estrenada de Clint Eastwood. Además de soportar una molesta mascarilla sobre el rostro con miras a envejecerlo, el intérprete californiano también llevó lentillas de contacto, postizos encanecidos, prótesis dentarias y nasal. Igualmente se le tiñó el pelo de color oscuro, e incluso se le arrancaron algunos cabellos de la frente para que su implante capilar no desentonara a la hora de lucir el cuero cabelludo falso. Duro papel, pues, ya de antemano, el de incorporar a John Edgar Hoover, director del FBI durante 48 años (entre 1924, año de fundación de la agencia, y 1972, año de su muerte). Tan lograda metamorfosis llegó a provocar que un día, en el plató de rodaje, Eastwood se cruzase con su protagonista, caracterizado con el maquillaje protésico de envejecimiento, y le saludase sin reconocerlo.
Leonardo DiCaprio es el cuarto actor en interpretar el personaje real de J. Edgar Hoover en el cine. Antes que él, Kevin Dunn lo había encarnado en Chaplin (Richard Attenborough, 1992). Le siguió luego Bob Hoskins en el Nixon (1995) de Oliver Stone. Y después Billy Crudup en el filme de Michael Mann Enemigos públicos (2009), ya desvelándolo por primera vez bajo un tono más umbrío y excéntrico, al modo de DiCaprio en J. Edgar. Obra ésta que transita las zonas de penumbra del biografiado y explora ciertas áreas de sombra. Entre ellas, la homosexualidad tortuosa de un puritano manipulador, intolerante, temible, feroz. Si bien es verdad que se soslaya todo apunte relativo al asesinato del presidente John F. Kennedy en 1963, magnicidio del que el implacable Hoover fue una pieza esencial. Cuando menos, cómplice por inhibición.
Mucho más conseguido que las asimismo inesperadas —filmográficamente hablando— Invictus (2009) y Más allá de la vida (2010), J. Edgar es una película atormentada y fascinante que brota de los recovecos más tenebrosos de la historia y de la psique de los EE UU, poniendo en tela de juicio axiomas fundamentales de sus paradójicas ideología y mentalidad (de entonces, de ahora). Recovecos no menos laberínticos que los meandros de la memoria de Hoover —cuestionada entre líneas, tejida como está de verdades y mentiras, al igual que todas las memorias—, matriz de una estructura de pliegues coherente con un complejo relato hecho de idas y vueltas en el tiempo, denso en alusiones a figuras y momentos históricos que nos insta a revisar.
[Publicado en El Comercio y La Voz de Avilés - 20.01.2012]


2 comentarios:
Ni el personaje ni el actor forman parte de mis mitos... pero has conseguido que me apetezca verla.
Saludos.
Espero que esta película de falsa apariencia convencional te guste.
Ya me dirás.
Un saludo.
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