Hoy en día resulta normal escribir desde la admiración sobre Clint Eastwood. Ahora lo anormal es no hacerlo. Una vez alcanzado el consenso que lo cataloga como uno de los más importantes directores de cine contemporáneos, nadie osa arremeter ya contra él, salvo provincianos recalcitrantes. Incluso aquellos que únicamente mostraban hacia su obra y persona el más radical de los desprecios, considerándolo poco más que un limitado actor de ideología fascista (¿!) con veleidades de cineasta.
Boris Zmijewsky y Lee Pfeiffer, autores de Las películas de Clint Eastwood (Odín Ediciones), recuerdan todavía cómo allá por 1982, cuando se publicó la primera edición de su libro en Citadel Press, algunos reseñistas se burlaron de que trataran a Eastwood como a un consagrado realizador de prestigio internacional. En nuestro país las cosas tampoco eran muy diferentes. Si bien en 1977 Miguel Marías se atrevió a defender tímidamente, desde las páginas de Dirigido por…, una película del calibre de El fuera de la ley (1976), hoy todo un clásico del western, hubo que esperar hasta 1989, cuando ya se había estrenado Bird (1988), para encontrar el primer estudio de verdadero relieve: “Clint Eastwood, el último cineasta clásico”, escrito por Quim Casas en idéntica revista. Allí se hablaba ya del carácter concienzudo, renovadoramente clásico, seminal, provocativo, ambivalente, escurridizo y desconcertante de la filmografía del director californiano.
Aquel artículo de Casas presagiaba la aparición de un necesario libro donde las ideas expuestas gozasen de una más desarrollada expresión y se continuase el análisis de una obra en constante progresión, puesto que tras obras maestras como El aventurero de medianoche (1982), El jinete pálido (1985), y Bird (1988), Clint Eastwood efectuó un “más difícil todavía” de la mano de Sin perdón (1992), Un mundo perfecto (1983) y Los puentes de Madison (1995), rizando luego el rizo aún más si cabe con esa obra de arte que es Mystic River (2003). Entremedias, vieron la luz filmes de alto nivel: Poder absoluto (1997), Medianoche en el jardín del bien y del mal (1997)…
Ese libro ha sido Clint Eastwood. Avatares del último cineasta clásico (Ediciones Jaguar), parido precisamente cuando la obra del realizador de San Francisco más maravilla e intriga a cinéfilos y expertos. Quizá por eso Casas afirma que como cineasta y como personaje Eastwood le parece “en permanente misterio sin parangón en el cine estadounidense de las tres últimas décadas”. Y acto seguido añade: “Del escarnio a la idolatría hay mucho trecho, y ese es el que ha debido recorrer, y vencer en el plano de la reputación cultural, un cineasta capaz de desorientar a detractores y exegetas con una habilidad de la que pocos están dotados. La visión sobre el cine de Eastwood debe ser cosmogénica. No puede analizarse su obra desde perspectivas automáticas como, por ejemplo, la diferencia entre cine de géneros y cine de autor, entre cine norteamericano y cine europeo, entre la ideología de derechas y las políticas de izquierdas, entre el clasicismo y la modernidad, entre las férreas estructuras de Hollywood y una noción no encorsetada de la independencia”.
Como bien argumenta el crítico catalán, Clint Eastwood se sitúa “justo en medio de todas las tesituras enunciadas”: hace cine de géneros sin dejar de realizar en ningún momento cine de autor a la americana, amalgamando clasicismo representacional y riesgo expresivo (sin duda alguna, el ex alcalde de Carmel es quien mejor ha sabido poner al día el modelo clásico de narración). Una labor que ha desarrollado con la inteligencia necesaria para operar bajo el sistema industrial mientras se desenvuelve cómodamente por los cauces de la independencia, desplegando un discurso fílmico cada vez más afinado en su lúcida combinación de comercialidad y marcada personalidad artística, discurso cinematográfico que constituye todo un compendio de sabiduría capaz de abrir sus puertas desde la más absoluta de las coherencias, a un muy diverso espectro de espectadores merced a sus múltiples grados de complejidad. Y si a todo ello sumamos que, con el transcurrir de los años, y más allá de su megaestelar condición den icono americano, Eastwood ha logrado extraer por añadidura un mayor rendimiento de su faceta como actor, puliendo convenientemente sus recursos interpretativos, pues miel sobre hojuelas.
Con razón Quim Casas lanza al aire –no sin ironía— la pregunta de si alguien continúa dudando del misterio que envuelve al cine de Clint Eastwood, cuando es harto evidente que “su trayectoria está tan repleta de recovecos, falsas pistas, anticipos, giros, cuestionamientos y confirmaciones, que sumergirse en ella supone tanto un viaje por la obra de un creador total como un recorrido por la compleja y siempre contradictoria forma de vida norteamericana, de la que Eastwood ha sido tanto un trovador activo como un desencantado observador”.
Tal vez carezcan de respuestas las no escasas cuestiones planteadas en este indispensable libro, pero de lo que con toda seguridad no hay duda es que se trata de uno de los mejores y más útiles volúmenes sobre Clint Eastwood. Toda una muestra de eastwoodología de altura, equiparable a las aportaciones de tan eminentes especialistas en el planeta Eastwood como François Guerif, Noël Simsolo y compañía.


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