De tales y otros asuntos se ocupa Esteve Riambau en el libro Hollywood en la era digital. De “Jurassic Park” a “Avatar” (Madrid, Cátedra, 2011), a través del análisis de medio centenar de películas producidas entre las emblemáticas fronteras cronológicas —1993 y 2009— que delimitan los dos filmes citados en el título, si bien el largometraje Origen, de 2010, propicia un jugoso epílogo abierto.
Título inaugural de la fase de transición tecnológica, Jurassic Park fue el primero en ofrecer personajes íntegramente generados por ordenador sin necesidad de un referente profílmico, extendiendo los principios del realismo perceptual a imágenes irreales. Si el largometraje de Steven Spielberg, el cual «desarrolló y afianzó una técnica que, desde 1993, nutre buena parte de las escenas más espectaculares del cine contemporáneo», delimita el punto de partida de la era del cine digital; por su parte, Avatar (James Cameron, 2009) no establece en absoluto un límite último. Sin duda constituye un jalón incontestable, aun cuando no hace sino afianzar una corriente que no ha hecho más que empezar: señala un antes y un después con respecto a los anteriores quince años de convivencia entre el formato digital de última generación y el soporte fotoquímico tradicional, decanta el cine comercial hollywoodiense hacia una nueva etapa industrial y tecnológica.
La prueba es el británico Christopher Nolan, quien, con primeros pasos en el cine independiente (Following, 1998), tras Memento (2000) ha sabido cultivar una filmografía de autor admitida por las grandes corporaciones multinacionales. El thriller de ciencia-ficción Origen (2010) es uno de los pocos blockbusters recientes salidos de un guión original de su propio realizador, y no de cómic, serie televisiva, videojuego o parque temático o de atracciones alguno. Partiendo de un sustrato literario deudor de autores como Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Philip K. Dick o Haruki Murakami, Nolan construye un alambicado proceso entre lo real y lo imaginario, con varios niveles narrativos de profundidad, plenamente aceptado por el gran público, al cual invita «a desentenderse de la comprensión para dejarse llevar por las emociones». El espectador, al igual que los personajes, sueña y vive aventuras intensas en un mundo paralelo, con frecuencia indiscernible del real y carente de referencias físicas estables.
El cine de la edad digital se desmarca de la tradición narrativa de la novela realista y dramática del melodrama decimonónico en pro de una estilización más deudora del cómic, los videojuegos o los parques de atracciones. Ello conlleva que las imágenes creadas digitalmente establecen una nueva relación con el espectador y alteran los pactos contraídos sobre el realismo y la verosimilitud. Según bien escribe Riambau, «edificado sobre los cimientos de lo que en algún momento fue el Sistema de Estudios, el cine digital reescribe el pasado con nuevas versiones de viejos clásicos actualizados gracias a la tecnología, la transgresión o la posmodernidad, mientras sagas como La guerra de las galaxias o El señor de los anillos recurren a las más modernas tecnologías para recrear viejos mitos ancestrales».
En efecto, el cine ha mutado, y «aunque el lenguaje narrativo de la era digital utilice una sintaxis similar a la del soporte fotoquímico, el lenguaje contemporáneo se ajusta a una mayor capacidad de percepción sensorial por parte de un público contaminado por otros espectáculos audiovisuales y abierto a nuevas experiencias». El Hollywood preinfográfico suponía un reflejo de la realidad sublimado por los grandes mitos del celuloide clásico. En cambio, los filmes del siglo XXI proporcionan, dice Esteve Riambau, «pasajes con destino a universos paralelos, ya sean evocaciones de la memoria o mundos oníricos o virtuales en los que todo es posible sin necesidad de ser, no ya realista, sino ni siquiera verosímil».
The Matrix (Wachowski Brothers, 1999), Avatar u Origen son heraldos de la primera etapa del cine digital; también puntos de partida hacia horizontes cada vez más irreales y, por tanto, más tributarios de la impostura y el simulacro. Lo cual no implica que las nuevas presencias de la pantalla digital estén exentas de suscitar «emociones tanto o más intensas que sus precursores» de celuloide, de la misma manera que «aunque los efectos especiales sean mucho más efectistas, el cine digital no es forzosamente más realista que el fotoquímico».
Las nuevas tecnologías del CGI (Computer Graphics Imaging) han infundido nuevos bríos al invento de los hermanos Lumière (ahora «paradigma de un mundo sin fronteras en el que lo real convive con lo virtual sin dejar de ser una ilusión de la realidad»), una nueva vida que afronta el siglo XXI con esperanzas renovadas no desprovistas de incógnitas.
Esteve Riambau
Hollywood en la era digital.
De “Jurassic Park” a “Avatar”
De “Jurassic Park” a “Avatar”
Madrid, Cátedra, 2011
435 páginas
20 €
[Publicado en Culturas, suplemento de El Comercio y La Voz de Avilés - 25.06.2011]
[Publicado en Culturas, suplemento de El Comercio y La Voz de Avilés - 25.06.2011]



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