Como tantas películas de asunto australiano, El árbol (The Tree, 2010) subraya su idiosincrasia de misteriosa sensualidad, mediante una puesta en escena, sobria pero emotiva, orientada a expresar la compleja simplicidad de la vida cotidiana dentro de un realismo con acentos fantásticos. Su realizadora, Julie Bertucelli, se muestra alumna aventajada de Krzysztof Kieslowski, Bertrand Tavernier, Otar Iosseliani, Rithy Panh y Emmanuel Finkiel, cineastas para los que trabajó como asistente de dirección. La directora gala dice haber hecho uso de la fuerza primitiva de los seres y de los elementos, utilizando a la naturaleza como reflejo de los sentimientos.
Pocos lugares hay de tan asombrosos excesos naturales como la “salvaje” Australia. Allí, siete años después de su largometraje primero, Depuis qu’Otar est parti… (2003), rodó Bertucelli la adaptación del best-séller de Judy Pascoe Padre nuestro que estás en el árbol (Our Father Who Art in The Tree, 2002). A diferencia del libro, escrito desde el punto de vista de la niña Simone, la película se narra desde la perspectiva de Dawn, la joven madre.
El árbol cuenta cómo Dawn O’Neill (Charlotte Gainsbourg) y su marido Peter (Aden Young) viven felices en una indómita comarca austral junto a sus cuatro pequeños hijos, hasta que aquél muere trágicamente. Desde entonces, Simone (Morgana Davies), de ocho años, asegura oír la voz del padre muerto, susurrada por la gigantesca y majestuosa higuera que da sombra al frágil hogar familiar de madera. La niña no duda en compartir el secreto con su inconsolable madre, quien observa preocupada cómo el enorme árbol domina cada vez más la casa, hasta el extremo de invadirla físicamente con raíces y ramas amenazantes.
Depuis qu'Otar est parti… (Desde que Otar se fue…), Gran Premio de la Semana Internacional de la Crítica de Cannes y César a la Mejor Ópera Prima, trazaba el conmovedor retrato de tres mujeres —una madre, una hermana y una sobrina— haciendo frente a la dolorosa ausencia de un ser querido que fallece en tierras lejanas. El árbol también gravita alrededor de la “presencia” de nuestros muertos, como relato desgarrado que es del duelo por un padre y un marido, afrontando esposa e hijos la brutal realidad de la pérdida cada uno con su propia y diferente sensibilidad. En esta poética lección de vida son dignas del mayor elogio las interpretaciones de la francesa Charlotte Gainsbourg, musa de los dos últimos trabajos del siempre polémico Lars von Trier (Antichrist, Melancholia), y de la pequeña australiana Morgana Davies, luminosa revelación dramática.
[Publicado en El Comercio y La Voz de Avilés - 03.06.2011]

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