martes, 3 de mayo de 2011

Aleister Crowley, una sombra muy alargada

La Semana de Cine fantástico y de Terror de San Sebastián suma y sigue. En la penúltima ocasión nos sorprendió gratamente con Métal Hurlant y el cine fantástico, apasionante estudio específico –y pionero− sobre la mítica revista francesa, cuyo papel, desde su irrupción en 1975 hasta su desaparición en 1987, fue clave en la creación y consolidación del imaginario actual del cine fantástico y de ciencia ficción. También bajo coordinación de Jesús Palacios, vuelve a regocijarnos editando el asimismo volumen multiautoral La Bestia en la pantalla: Aleister Crowley y el cine fantástico, primer estudio monográfico que se ocupa de la relación entre «el mago más importante de la era moderna» y el cine, arte al cual vio nacer como instrumento científico y evolucionar desde su condición de atracción de feria hacia la categoría de gran espectáculo de masas.


De Aleister Crowley, apodado Frater Perdurabo y La Gran Bestia –apelativo al que él añadía el número 666, en tanto que anhelaba ser el Anticristo− , sabemos que fue un influyente ocultista, místico y mago, fundador de la filosofía religiosa de Thelema, así como miembro de la organización esotérica Hermetic Order of the Golden Dawn, co-fundador de la A.: A.: y líder de la Orden de los Templarios Orientales (OTO). También que fue espía, aventurero, jugador de ajedrez, alpinista, pionero de las drogas psicodélicas, pintor y escritor, siendo su obra más conocida dentro de esta última faceta El Libro de la Ley (1904), la biblia thelemita. A pesar de la pretérita y actual fama de Crowley, es a un tiempo mucho y poco lo que de él sabemos en realidad. De ahí que dar una respuesta a la pregunta de quién era supone una tarea sencilla y compleja a la vez. Y a dicha tarea se aplica La Bestia en la pantalla: Aleister Crowley y el cine fantástico.

Desde esa rareza silente que es hoy The magician (Rex Ingram, 1926), basada en la novela El mago (1908) de Somerset Maugham, a su vez deudora de la figura de La Bestia, hasta los más recientes Sherlock Holmes (Guy Ritchie, 2009) o La herencia Valdemar (2010), «psicotrónico pastiche lovecraftiano y ocultista» (Palacios dixit) del español José Luis Alemán, pasando por clásicos del horror del calibre de The Wicker Man (Robin Hardy, 1973) y La leyenda de la casa del infierno (John Hough, 1973), no son pocos los filmes en los que aparece Aleister Crowley o se inspiran en su persona. Pensemos, por ejemplo, en la nutrida galería de archivillanos de la serie Bond ideada por Ian Fleming. O no olvidemos, a título nada anecdótico, la llamativa Chemical Wedding (Julian Doyle, 2008), producida y coescrita por Bruce Dickinson, alma del grupo Iron Maiden y ferviente admirador de Crowley. Tampoco dejemos de reparar su influencia en autores proclamados seguidores de sus ideas, como Kenneth Anger, Harry Smith, Curtis Harrington o el barcelonés Carlos Atanes, director de la inconclusa Perdurabo y firmante de un texto relativo, precisamente, a su experiencia de cineasta crowleyano.


En efecto, como escribe Jesús Palacios, «uno de los aspectos más fascinantes, si no el que más, de la relación entre el cinematógrafo y Aleister Crowley, es cómo la obra y pensamiento mágikos de éste no sólo han influenciado a una serie de cineastas, cuyas figuras son indispensables para comprender el cine experimental y underground, sino toda una suerte de corriente o movimiento dentro del mismo, que trata de aplicar, con distintos métodos y estilos, los principios de la magia ritual y ceremonial a sus trabajos en la pantalla». Y a buen seguro «aún están por filmarse mil películas que reflejen las mil máscaras de una personalidad tan novelesca como irrepetible», según concluye Charly Álvarez.

Pedro Porcel nos informa de que, nacido en 1875, el en su día llamado hombre más malvado del mundo –así lo calificó gran parte de la prensa de su época− se pasó «la vida entera frecuentando el cine de todo tipo, como testimonian las numerosas anotaciones que a este respecto efectúa en sus minuciosos diarios». Incluso barruntó convertirse en guionista y triunfar en Hollywood, tras haber despilfarrado su herencia en unos pocos años de desenfrenado lujo viajero. Frank G. Rubio recuerda, no obstante, que en su obra hallamos referencias al mundo del cine en términos de «multitudes de cocainómanos», «lunáticos sexuales» o «enjambre de gusanos seudo-ocultistas», expresiones que, por venir de él, no dejan de tener su gracia. Pero, señala Porcel, «el potencial de lo fílmico como herramienta oculta lo intuye bien temprano; en 1918 ya se preocupa de interrogar a los espíritus acerca de las posibilidades de esta nueva técnica». En la habitación de un hotel de Nueva York llega a preguntar a Amalantrah, ente preternatural que se manifestaba a través del médium Roddie Minor, si debía filmar su trabajo.


La sombra de Crowley es muy alargada. El arte, en todas sus variantes, no escapa a aquélla, apunta Adolfo Reneo. El cómic, a la vanguardia de corrientes estéticas y creativas, no es ninguna excepción al respecto. La impronta de La Bestia es rastreable, por ejemplo, en Los Pitufos de Peyo (véanse los malvados Gargamel y Baltasar), en las primeras obras del artista underground Spain Rodríguez o en Desde el Infierno, la novela gráfica de Alan Moore, quien en un apéndice insinúa que Crowley intentó atribuir los crímenes de Jack el Destripador a madame Blavatsky, la fundadora de la Teosofía.

Y eso que «cuando Aleister Crowley falleció en 1947, sumido en la perplejidad y el olvido, era difícil imaginar que décadas después sería idolatrado por algunos de los personajes más influyentes de la cultura pop», dice Carlos Arenas. El detonante de tal reactivación fue la aparición, en 1967, de su rostro en la portada del Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, de The Beatles. Desde entonces, escritores, músicos, cineastas, pensadores y artistas no han cesado de citarlo y rendirle pleitesía.

Semejantes aspectos y otros muchos más aborda este libro en todos los sentidos excepcional , cuyo propio coordinador concibe como la apertura de «una nueva vía de investigación en torno al cine, por un lado, y en torno a la figura de Crowley, por otro».






Jesús Palacios (coord.),
La Bestia en la pantalla:
Aleister Crowley y el cine fantástico,
Semana de Cine fantástico y de Terror de San Sebastián, 2010.



[Reseña publicada en Clarín, Año XV, nº 92, Marzo-Abril de 2011.]

1 comentario:

Antonio Valle dijo...

Que este personaje muriese "sumido en la perplejidad y el olvido" es el episodio más digno de su vida.
Probablemente las palabras más certeras que se han escrito sobre él.